Sentirse orgulloso de lo que construimos no significa creerse más que los demás.
Hay palabras que, con el tiempo, parecen haber adquirido una mala reputación. “Orgullo” es una de ellas. Cuando alguien dice que está orgulloso de su trabajo, no es raro que aparezca cierta incomodidad. Como si reconocer que algo salió bien fuera una forma de presumir. Como si hablar de nuestros logros significara necesariamente considerarnos mejores que los demás.
Pero no es lo mismo orgullo que soberbia. La soberbia necesita compararse. Necesita estar arriba, tener razón, demostrar que uno sabe más. El orgullo puede ser algo mucho más sencillo: mirar lo que uno hizo y reconocer que valió la pena. Y en el ámbito coral, esa diferencia resulta especialmente importante.
También tenemos derecho a estar orgullosos
Dirigir un coro implica mucho más que levantar las manos frente a un grupo de personas. Hay horas de preparación, búsqueda de repertorio, estudio de partituras, planificación de ensayos, decisiones que no siempre son sencillas, conversaciones, correcciones y una enorme cantidad de pequeños detalles que rara vez aparecen sobre el escenario.
Del otro lado también existe un esfuerzo enorme. Los coreutas llegan después del trabajo, de estudiar, de cuidar a sus hijos, de atravesar días buenos y días difíciles. Aprenden textos, afinaciones, ritmos, respiraciones, entradas y dinámicas. Se equivocan. Vuelven a intentarlo. Y, poco a poco, aquello que al principio parecía imposible empieza a convertirse en música. Cuando finalmente sucede, ¿por qué habría que esconder la satisfacción que produce? Sentirse orgulloso de ese proceso no es vanidad.
Es reconocer el valor del trabajo.
El orgullo también pertenece al coro
Hay una trampa en la que podemos caer fácilmente: pensar que los resultados pertenecen exclusivamente al director. Un coro que suena bien no es solamente consecuencia de una buena dirección. Detrás hay un grupo de personas que estudió, escuchó, corrigió, esperó, volvió a cantar una frase veinte veces y aceptó que algo que funcionaba de una manera podía funcionar mejor de otra.
Por eso, quizás, el orgullo más saludable dentro de un coro sea el orgullo compartido. Ese momento en que los cantantes se miran después de una obra y saben que lo que acaba de suceder no apareció por casualidad. Lo construyeron.
No hace falta que todo sea perfecto
Otra confusión frecuente es creer que solamente podemos sentir orgullo cuando el resultado es extraordinario. Pero quienes trabajan en música coral sabemos que eso no funciona así. A veces el concierto tiene errores. Una entrada se escapa. Una nota no termina de estar afinada. Una respiración no sale como estaba prevista. Un movimiento no funciona. Y, sin embargo, puede existir orgullo.
Porque quizá esa misma obra, unas semanas antes, era inalcanzable. Quizá un grupo que no se animaba a cantar fuerte finalmente encontró su voz. Quizá alguien que nunca había cantado a primera vista pudo hacerlo. Quizá un coro que tenía dificultades para escucharse entre sí aprendió, finalmente, a hacerlo. El resultado final importa, por supuesto.
Pero el camino también merece ser reconocido.
Reconocer lo bueno no significa dejar de aprender
Existe una falsa oposición entre humildad y orgullo. Como si para ser humildes tuviéramos que minimizar permanentemente lo que hacemos bien. Pero una persona puede reconocer sus errores y, al mismo tiempo, reconocer sus aciertos. Puede saber que todavía tiene mucho por aprender y sentirse orgullosa de lo que ya aprendió. Puede escuchar una grabación y encontrar cosas para corregir mientras sonríe al descubrir cuánto ha crecido ese coro. Eso no es contradicción. Es madurez.
La verdadera humildad no consiste en decir “no hago nada demasiado bien”. Consiste en poder decir: “Esto lo hicimos bien. Y todavía podemos hacerlo mejor.”
El orgullo que no necesita compararse
Quizás la diferencia más importante esté aquí. No hace falta que otro coro sea peor para que podamos estar orgullosos del nuestro. No hace falta que otro director tenga menos experiencia para valorar la propia. No hace falta ganar un premio, llenar una sala o recibir una ovación para sentir que el trabajo tuvo sentido. El orgullo sano no necesita un podio.
Puede aparecer al final de un ensayo cuando algo finalmente funciona. Puede aparecer al escuchar una obra después de meses de trabajo. Puede aparecer cuando un coreuta descubre que puede hacer algo que jamás creyó posible. Y puede aparecer, también, cuando un director mira hacia atrás y comprende que muchas de las cosas que hoy hace naturalmente alguna vez le costaron muchísimo.
Hay trabajos que dejan huella
La música coral tiene algo particular: buena parte de nuestro trabajo no queda en nuestras manos. Una vez que una obra termina, el sonido desaparece. El concierto termina. El público se va. Los cantantes vuelven a sus casas. Y, sin embargo, algo permanece. Permanece en quienes cantaron, en quienes escucharon y, muchas veces, en quienes aprendieron algo de sí mismos durante el proceso.
Quizás por eso sea tan importante permitirnos reconocer el trabajo realizado. No para agrandarnos. No para colocarnos por encima de nadie. Simplemente para poder detenernos un instante y decir: “Esto costó. Esto llevó tiempo. Esto tuvo errores. Pero lo hicimos.”
Y sentirnos bien por ello.
Mucho más que orgullo
El orgullo por el trabajo bien hecho no debería ser motivo de vergüenza. Puede ser una forma de gratitud. Gratitud por haber aprendido. Por haber perseverado. Por haber encontrado personas con quienes compartir el camino. Por haber podido transformar unas notas escritas en una partitura en algo vivo.
Un director puede sentirse orgulloso de su trabajo sin creerse imprescindible. Un coreuta puede sentirse orgulloso de su evolución sin considerarse mejor que otro. Un coro puede sentirse orgulloso de su sonido sin pensar que es el mejor coro del mundo.
Porque, al final, el orgullo no siempre dice “somos mejores”. A veces simplemente dice: “Valió la pena.” Y quizá no haya nada de arrogante en poder reconocerlo.
