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El director también se equivoca

La verdadera autoridad no está en tener siempre la razón.

Hay una escena que probablemente se haya repetido más de una vez en cualquier coro: el director da una indicación, el coro la sigue… y algo no funciona. Se vuelve a intentar. Sigue sin funcionar. El director insiste, busca otra explicación, cambia la indicación, escucha nuevamente y, finalmente, descubre algo incómodo: el problema estaba en él. Sí. El director también se equivoca.

Puede equivocarse en una entrada, marcar mal un compás, confundir una nota, dar una indicación poco clara o interpretar de manera equivocada lo que está sucediendo en una sección. Puede incluso elegir una obra pensando que será adecuada para el coro y descubrir después que no era el momento indicado para abordarla. Y también puede equivocarse con las personas. Puede pensar que un coreuta no estudió cuando en realidad no entendió una indicación. Puede atribuir una dificultad a falta de voluntad cuando el problema era técnico. Puede escuchar un error y señalar a una sección cuando, en realidad, la causa estaba en otra parte.

Porque dirigir un coro no significa tener siempre la razón.

La dirección no es una demostración de perfección

A veces existe una idea equivocada acerca de lo que significa ser director: que quien está frente al coro debe tener todas las respuestas, saber exactamente qué hacer en cada momento y mostrar seguridad permanentemente. Pero dirigir no es hacer una demostración de conocimientos musicales.

Un director puede saber muchísimo y, aun así, equivocarse. Puede tener una enorme experiencia y tomar una mala decisión. Puede haber dirigido durante décadas y encontrarse frente a una situación que nunca había vivido. La experiencia ayuda. El conocimiento ayuda. La preparación ayuda muchísimo. Pero ninguno de ellos elimina la posibilidad de equivocarse.

Pretender lo contrario obliga al director a sostener una imagen imposible: la del que siempre sabe, siempre escucha correctamente, siempre decide bien y nunca duda. Y esa imagen, además de imposible, puede ser agotadora.

“Perdón, me equivoqué”

Hay tres palabras que pueden resultar difíciles de pronunciar frente a un coro: “Perdón, me equivoqué.” A veces cuesta más decirlas que cualquier indicación musical.

¿Por qué? Porque todavía existe la idea de que reconocer un error puede hacer perder autoridad. Como si admitir una equivocación significara mostrarse débil frente al grupo. Pero sucede exactamente lo contrario. Cuando un director reconoce un error, el coro no necesariamente pierde confianza. Muchas veces la gana.

Porque el mensaje deja de ser “el director siempre tiene razón” y pasa a ser algo mucho más saludable: “El director sabe lo que hace, pero también es una persona capaz de revisar lo que hizo.” Eso genera otra clase de autoridad. Una autoridad que no necesita imponerse permanentemente porque está basada en la confianza.

El problema no es equivocarse

Todos podemos equivocarnos. El verdadero problema aparece cuando el error se vuelve evidente y, en lugar de reconocerlo, intentamos justificarlo. Ahí pueden aparecer las explicaciones interminables, los cambios de versión, las correcciones que no tienen sentido o, peor todavía, la búsqueda de un culpable.

“Los bajos entraron tarde.” “Las sopranos no escucharon.” “Los tenores están acelerando.” Y quizás, después de volver a escuchar, descubrimos que el problema comenzó porque la propia marcación del director fue confusa.

En esos momentos hay una alternativa mucho más sencilla: “Paren. La entrada la marqué mal yo. Vamos de nuevo.” Y se sigue trabajando. Sin drama. Sin discursos. Sin necesidad de convertir un pequeño error en una crisis institucional.

También nos equivocamos al escuchar

Uno de los errores más difíciles de reconocer es aquel que no se produce con las manos, sino con los oídos. Después de muchos ensayos, un director puede llegar a escuchar aquello que espera escuchar.

Ya conoce la obra. Conoce las dificultades. Sabe dónde suele aparecer determinado problema. Y a veces esa experiencia puede convertirse, paradójicamente, en una trampa. Escuchamos una nota y pensamos que está desafinada. Escuchamos una entrada y suponemos que una sección no está preparada. Escuchamos un desequilibrio y señalamos inmediatamente a la cuerda que creemos responsable.

Pero no siempre nuestra primera percepción es correcta. Por eso dirigir también implica volver a escuchar. Escuchar antes de corregir. Escuchar después de corregir y, sobre todo, escuchar sin enamorarnos de nuestra primera explicación.

También podemos equivocarnos con un coreuta

Hay otro terreno todavía más delicado: las personas. Un director puede interpretar mal una actitud. Puede pensar que alguien está desinteresado cuando simplemente está atravesando un mal día. Puede creer que un coreuta no estudió cuando en realidad tiene una dificultad que todavía no sabe cómo resolver.

También puede juzgar demasiado rápido. Y cuando eso sucede, reconocer el error puede ser especialmente importante. Porque una nota equivocada se corrige en el siguiente ensayo. Una palabra injusta puede quedarse mucho más tiempo.

Por eso la autoridad del director también necesita una cuota de prudencia. No todo lo que parece falta de compromiso lo es. No todo error es falta de estudio. No toda dificultad se resuelve exigiendo más. A veces hay que preguntar antes de juzgar.

El coro también aprende del error del director

Hay algo maravilloso que ocurre cuando un director puede equivocarse sin que eso se convierta en un problema de autoridad: el coro también aprende a relacionarse de otra manera con sus propios errores.

Si el director puede decir: “Esto lo hice mal”, el coreuta puede aprender que también puede decir: “Esta parte todavía no la tengo.” Si el director puede volver atrás y corregirse, el coreuta aprende que equivocarse no significa fracasar. Si el director puede cambiar una decisión porque descubre que existe una mejor alternativa, el coro aprende que cambiar de opinión no es falta de carácter.

Y eso transforma el ensayo. Porque el ensayo deja de ser un lugar donde hay que demostrar que uno sabe y se convierte en un espacio donde todos pueden aprender.

La autoridad no necesita perfección

Quizás una de las mayores dificultades de dirigir sea entender que autoridad y perfección no son sinónimos. Un director puede ser firme y reconocer un error. Puede tener una enorme seguridad musical y decir “no estoy seguro”. Puede tomar decisiones y, llegado el caso, modificarlas. Puede exigir al coro y, al mismo tiempo, exigirse a sí mismo. Puede conducir con claridad sin necesitar tener siempre la última palabra.

De hecho, un director que reconoce sus errores puede terminar construyendo una autoridad mucho más sólida que aquel que intenta ocultarlos. Porque el coro sabe que, cuando ese director dice algo, no lo hace para proteger su imagen. Lo hace porque realmente cree que es lo mejor para la música.

Y hay algo más: pedir disculpas

A veces no alcanza con reconocer internamente que nos equivocamos. Si una decisión perjudicó a alguien, si una indicación fue injusta o si una reacción fue desmedida, también puede ser necesario pedir disculpas.

No hay nada indigno en hacerlo. Un director no deja de ser director por decir: “Ayer reaccioné mal. Te pido disculpas.” Por el contrario. Hay momentos en los que una disculpa puede enseñar más sobre liderazgo que una clase entera sobre dirección coral.

Porque demuestra que el respeto funciona en ambas direcciones. El director exige respeto al coro, pero también debe ofrecerlo.

El director perfecto no existe

Quizás sea hora de abandonar esa imagen. No existe el director que nunca se equivoca. No existe quien siempre encuentra la explicación correcta en el primer intento. No existe quien jamás pierde la paciencia, nunca toma una mala decisión y siempre sabe exactamente qué necesita el coro.

Y probablemente tampoco sea necesario que exista.

Lo que sí necesitamos son directores preparados, responsables, atentos, capaces de escuchar y, sobre todo, capaces de revisarse a sí mismos. Porque un director que se equivoca puede seguir siendo un excelente director. Un director que se equivoca y lo reconoce puede convertirse, además, en un referente.

Pero un director que se equivoca y necesita convencer a todos de que tenía razón puede terminar enseñando algo bastante diferente.

Conclusión

Dirigir un coro implica conducir, decidir, escuchar, corregir y sostener al grupo. Pero también implica algo mucho más sencillo y mucho más difícil: reconocer cuándo nos equivocamos.

La verdadera autoridad no está en tener siempre la razón. Está en poder decir “me equivoqué” sin sentir que por eso perdemos nuestro lugar.

Porque el coro no necesita un director perfecto. Necesita un director en quien pueda confiar.

Y quizás una de las mejores maneras de construir esa confianza sea mostrar que, detrás de las manos que dirigen, también hay una persona que escucha, aprende, cambia y, cuando corresponde, sabe decir:

“Perdón. Me equivoqué. Vamos de nuevo.”

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