Qué hay de cierto… y qué no.
—No, gracias… yo no tengo oído.
La respuesta llega casi automáticamente. Ni siquiera hubo una prueba. Ni un ensayo. Ni una oportunidad para intentarlo.
Alguien lo invitó a cantar en un coro y, antes de considerar la posibilidad, apareció una frase que muchos llevan grabada desde hace años.
—Yo no tengo oído.
Si dirigís un coro, es muy probable que hayas escuchado esa frase innumerables veces. Algunos la dicen antes de empezar. Otros, después de la primera dificultad. Y hay quienes la repiten durante años, convencidos de que nunca podrán cantar afinados.
Lo curioso es que casi siempre se dice con absoluta convicción, como si se tratara de un diagnóstico definitivo. Como si la posibilidad de cantar afinado estuviera reservada para unos pocos privilegiados.
Pero… ¿es realmente así?
Una frase que pesa demasiado
Muchas personas llegan al coro después de años creyendo que «no tienen oído». Alguien se los dijo cuando eran chicos. Un profesor, un familiar, un compañero de escuela. O simplemente llegaron a esa conclusión porque alguna vez intentaron cantar y no obtuvieron el resultado que esperaban.
Con el tiempo, esa idea deja de ser una opinión y se convierte en una etiqueta.
Y las etiquetas son peligrosas. Porque dejan de describir una dificultad para convertirse en una identidad.
¿Qué significa realmente «tener oído»?
Cuando alguien afirma que no tiene oído, pocas veces está describiendo un problema concreto. En realidad, esa frase puede esconder muchas situaciones diferentes.
Tal vez le cuesta reproducir con la voz lo que escucha. Quizás todavía no distingue con claridad cuándo una nota está alta o baja. Puede que tenga una memoria auditiva poco desarrollada. O, simplemente, los nervios le juegan una mala pasada cada vez que tiene que cantar solo.
Son dificultades reales. Pero ninguna de ellas significa necesariamente que esa persona carezca de oído.
La experiencia del coro dice otra cosa
Después de tantos años dirigiendo coros, perdí la cuenta de la cantidad de personas que llegaron diciendo:
— «Yo no tengo oído.»
Y también perdí la cuenta de cuántas de ellas, unos meses después, cantaban afinadas, sostenían su cuerda con seguridad y disfrutaban plenamente de cada ensayo.
¿Se les desarrolló un oído nuevo? No.
Lo que ocurrió fue algo mucho más sencillo: aprendieron a escuchar de otra manera, a confiar en su propia voz y a relacionar lo que oían con lo que cantaban. El entrenamiento hizo su trabajo
El oído también se educa
Nadie espera sentarse por primera vez frente a un piano y tocar una sonata. Nadie cree que aprender un idioma sea cuestión de un solo día.
Sin embargo, con el canto solemos ser mucho más severos. Si la primera experiencia no sale bien, enseguida aparece la sentencia: «No sirvo para esto.»
Pero escuchar también se aprende. Afinar también se aprende. Cantar en un coro también enseña a escuchar. Y esa es, justamente, una de las mayores virtudes de la actividad coral.
El verdadero enemigo
Muchas veces, el problema no es la falta de oído. Es el miedo.
🔹 El miedo a equivocarse.
🔹 A desafinar delante de los demás.
🔹 A confirmar una vieja creencia que alguien instaló hace muchos años.
Ese miedo hace que muchas personas canten cada vez más bajo, dejen de escucharse a sí mismas y dependan por completo de la voz del compañero.
Y así se forma un círculo difícil de romper.
El papel del director
Quizás una de las tareas más importantes del director no sea solamente enseñar música. También consiste en ayudar a que cada coreuta descubra capacidades que ni siquiera sospechaba tener.
Corregir, sí. Pero también alentar.
Exigir, sí. Pero sin convertir cada error en una confirmación de que alguien «no sirve».
Porque detrás de muchos buenos coreutas hubo, alguna vez, un director que creyó en ellos antes de que ellos mismos lo hicieran.
Conclusión
No todas las personas llegarán a desarrollar el mismo nivel de percepción auditiva. Como ocurre con cualquier otra capacidad, existen diferencias naturales.
Pero entre tener un oído extraordinario y creer que uno no sirve para cantar hay un mundo de distancia.
Por eso, cada vez que alguien diga «yo no tengo oído», quizás la respuesta no sea discutirle.
Tal vez alcance con invitarlo a quedarse. A escuchar. A aprender.
Y a darse el tiempo suficiente para descubrir que, muchas veces, el problema no era la falta de oído… sino haber creído durante demasiado tiempo que nunca podría desarrollarlo.
