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El lado oscuro del ámbito coral

Detrás de los aplausos, las armonías y las sonrisas compartidas, hay otra cara del ámbito coral que pocas veces se menciona.

No hay nada como cantar en un coro. La sensación de formar parte de algo más grande, la magia de las voces que se entrelazan, la emoción de un acorde bien logrado, el silencio compartido antes de un final. Todo eso es profundamente verdadero y lo celebramos con pasión.

    Pero también hay otra cara. Un lado más incómodo, más difícil de decir, que pocas veces se nombra en voz alta: las tensiones internas, los roces de ego, las exigencias excesivas, el maltrato disfrazado de “profesionalismo”, la falta de reconocimiento.

    Y no porque el ámbito coral sea un lugar tóxico por naturaleza. Todo lo contrario: es un espacio con enorme potencial humano y artístico. Pero como todo ámbito humano, tiene zonas grises. Y si no las miramos de frente, si no nos animamos a ponerles nombre, pueden crecer al punto de ensombrecer incluso lo más bello.

    Este artículo no busca “tirar abajo” nada. Busca cuidar. Y para cuidar, primero hay que ver. Porque lo que no se nombra, no se puede transformar. Y lo que se niega, se repite.

    Las relaciones de poder

    En un coro, como en todo grupo humano, hay relaciones de poder. Y no siempre son sanas. A veces el director o directora, con la excusa de “la música primero”, termina imponiendo decisiones sin diálogo, esperando obediencia ciega en lugar de compromiso real.

    Hay favoritismos disfrazados de “criterio artístico”, personas que son escuchadas y otras que no tienen voz. También pasa que muchos coreutas callan, aguantan, se tragan la incomodidad… porque “no hay que hacer lío”, porque temen quedar fuera, o porque creen que cuestionar es traicionar.

    Pero un coro donde no se puede hablar con libertad, ya está desafinando desde adentro.

    Competencias y egos

    Aunque nos encante hablar de “trabajo en equipo” y “unidad coral”, hay egos que a veces se imponen como solistas fuera de lugar. Se siente cuando una cuerda compite con otra, cuando alguien se luce y en vez de alegría genera incomodidad, o cuando entre colegas hay más comparación que colaboración. Los celos pueden colarse hasta en los aplausos.

    Y el peligro es que se pierda de vista el sentido profundo de lo coral: sumar, no sobresalir. Cuando el ego gana, la música pierde.

    Agotamiento y desgaste

    El entusiasmo puede ser hermoso… hasta que se vuelve exigencia disfrazada. Ensayos larguísimos, fines de semana ocupados, demandas constantes de “dar más”, sin preguntar si realmente podemos o queremos. Tanto directores como coreutas pueden caer en esa trampa: de “poner el cuerpo” hasta el límite, y cuando ya no hay cuerpo que aguante, seguir igual.

    Pero el agotamiento acumulado termina pasando factura. Y cuando se rompe el equilibrio entre la pasión y el cuidado personal, la música también se resiente.

    Falta de reconocimiento

    El ámbito coral se sostiene con una entrega inmensa… que no siempre se reconoce. Coreutas que preparan obras durante meses y no reciben ni una devolución. Directores que hacen malabares para sostener el grupo y sienten que nadie lo valora. Malos pagos, escasa visibilidad institucional, precariedad cultural.

    El reconocimiento no es solo un aplauso; es agradecer, mirar, escuchar, dar espacio.

    Cuando ese reconocimiento falta, la motivación se desgasta, y lo que era un espacio de disfrute se vuelve una carga.

    Excelencia que excluye

    También hay directores que se creen por encima de los demás, que no dialogan, que exigen sin dar, que no escuchan otras miradas ni propuestas.

    En algunos espacios, el reconocimiento artístico termina traduciéndose en desprecio por lo que es distinto, más modesto o simplemente no responde a los mismos criterios estéticos. Hay coros que miran por encima del hombro a otros grupos, como si el arte tuviera escalafones; y hay directores que actúan como si su coro fuera el estándar, y todo lo que no se les parezca es desechable.

    Se ven participaciones en conciertos o encuentro corales donde algunos no saludan, no aplauden, no comparten ni una sonrisa porque “no están a la altura”. Coros que sólo se relacionan entre “iguales”, como si formar parte del ámbito coral fuera un privilegio y no una construcción colectiva.

    Esa actitud elitista no sólo lastima: desafina todo lo que intentamos construir como comunidad coral.

    Y deja fuera a muchísimos grupos que, aunque no tengan el mismo nivel técnico, sostienen con amor, esfuerzo y entrega el canto coral en sus comunidades.

    Conclusión: “Lo que se nombra, se puede transformar

    Hablar del lado oscuro no es quedarse en la queja, ni ponerse en víctima, ni desilusionarse de lo coral. Es, al contrario, una forma de compromiso.

    Porque si amamos este espacio, si creemos en lo que la música coral puede generar en las personas, en los vínculos, en la comunidad… entonces tenemos la responsabilidad de hacer lugar también para lo difícil.

    Mirar no es destruir. Es limpiar. Es airear. Es darle dignidad a lo que vivimos.

    Y quizás, si nos animamos a hablar con honestidad, si empezamos a escucharnos también en lo incómodo, podamos hacer del ámbito coral un lugar más sano, más humano, más habitable para todos.

    Un lugar donde la música que cantamos no contradiga la manera en que convivimos.

    Un lugar donde la armonía empiece en el trato.

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