Y para que eso suceda, no alcanza con ir al ensayo y estar presente.
En cada ensayo coral hay algo que se repite y que nos da alegría: el encuentro.
Ese rato antes de empezar donde suenan las risas, los saludos afectuosos, los comentarios sobre cómo estuvo el día, el mate que va y viene, el café que aparece como un bálsamo entre tantas obligaciones. Todo eso también es coro. Claro que sí. Pero…
El ensayo empieza mucho antes de cantar.
No nos olvidemos de algo: lo que verdaderamente nos convoca es la música.
Nos convoca esa obra que nos enamoró en la primera escucha, esa armonía que nos erizó la piel, ese texto que nos conmovió. Nos convoca la posibilidad de cantar con otros, de construir algo más grande que la suma de las voces individuales.
Y para que eso suceda de verdad, no alcanza con ir al ensayo y estar presente.
- Hace falta un pequeño paso previo.
- Un gesto de compromiso con el grupo.
- Una señal de respeto por el tiempo, el trabajo y la ilusión de todos.
- Hace falta llegar con algo estudiado.
No estoy hablando de estudiar horas ni de alcanzar la perfección. No hace falta saber todo de memoria ni tener oído absoluto. Pero sí, al menos, haber escuchado el audio de estudio, haber leído una vez la partitura, saber por dónde venimos y hacia dónde vamos.
Llegar al ensayo “en blanco” es como ir a una reunión sin saber de qué se va a hablar. Se pierde tiempo, se repiten cosas, se vuelve atrás… y eso, tarde o temprano, se nota.
Y cuando pasa, el ensayo deja de ser lo que debería ser: un espacio de avance, de exploración, de disfrute colectivo. Se transforma en algo mecánico, trabado. Y ahí empiezan las consecuencias.
¿Qué pasa cuando no llegamos preparados?
- El ensayo se vuelve repetitivo.
- Se detiene constantemente para corregir lo mismo.
- Se dedica más tiempo a lo que no está resuelto que a lo nuevo que podríamos estar descubriendo.
- Y lo más triste: la obra, que era emocionante, empieza a desgastarse. Esa música que al principio emocionaba, empieza a sonar a “otra vez lo mismo”. Y lo que era entusiasmo se transforma en cansancio.
Pero no solo se cansa el director o la directora. También se cansa el cantante que sí se preparó. Ese compañero que dedicó un rato de su día para escuchar su parte, que viene con ilusión de avanzar, que trae la energía lista para construir… y termina sintiendo que rema solo.
Y no hablemos de esa otra realidad silenciosa: cuando se espera que el que estudió resuelva todo. Sin decirlo, se empieza a depender del de al lado. “No me la sé, pero me guío por lo que canta ella.” “Yo espero a que arranquen, y me sumo.” Y así, de a poco, el ensayo se vuelve desparejo, injusto… y frustrante.
¿Y si probamos otra cosa?
No estamos pidiendo grandes sacrificios.
Estamos hablando de pequeños gestos que hacen una gran diferencia:
- Escuchar el audio de estudio mientras hacés algo en tu casa o viajás.
- Leer tu línea con la partitura mientras tomás un mate o un café.
- Anotar un compás que te cuesta y tenerlo presente al llegar.
Eso, que no lleva tanto, hace que el ensayo se transforme por completo. Porque cuando cada uno llega con algo hecho, el grupo despega. El ensayo se vuelve dinámico, musical, fluido. Podemos trabajar lo expresivo, lo interpretativo, ir más allá de lo técnico.
Y entonces sí: el coro suena, crece, emociona.
Conclusión
Cada ensayo es una oportunidad. Una oportunidad para crecer, para emocionarnos, para afinar no solo la voz, sino también el alma colectiva que somos cuando cantamos juntos.
Y como toda oportunidad, puede aprovecharse… o dejar pasar.
Escuchar la parte antes de venir, leer la línea propia, llegar con algo trabajado no son obligaciones estrictas. Son formas de honrar eso que nos convoca: la música compartida.
Porque un coro no es la suma de personas en una sala. Un coro es un grupo de personas que se preparan para ser uno. Y ese “uno” solo aparece cuando cada uno pone lo suyo.
Así que la próxima vez que tengas ensayo, regalate y regalale al coro ese pequeño gesto: escuchá, repasá, conectá antes de llegar. Será tu señal de respeto por el tiempo y la música de todos.
Y entonces sí, los mates, las charlas, el café, el descanso… todo eso sigue estando, pero con otra energía. Con alegría genuina. Con la satisfacción de saber que estamos haciendo lo que vinimos a hacer: hacer música. Juntos.
